Romulus Allegro
Monologo borgiano de un hombre roto por la guerra y al borde de sus últimos momentos de vida
Es casi medianoche. A lo lejos siguen los disparos, pero ya no distingo de quién. Hace mucho tiempo que estoy tirado en este sótano; el tiempo, acá, dejó de ser una medida. La fiebre y el dolor del pie apenas me dejan dormir. Pienso con dificultad, pero sigo pensando.
Sé que van a encontrarme, y ya no creo que sean camisas negras. Serán algunos de los muchos enemigos que se ganó el Duce: yanquis, franceses, rojos. Da igual quién baje primero.
No me arrepiento. Tal vez de haber perdido, pero no de haber creído. Él nos hizo sentir más que italianos; nos devolvió el sueño de ser romanos. Ahora entiendo que, por mi condición y por la hora, esto no puede terminar bien. Si no me mata la infección o la fiebre, me matarán ellos. Y no voy a dejar que me capturen.
Este sótano se parece al comienzo de todo. No es un escondite: es el lugar que nos tocó cuando la superficie dejó de admitirnos. Está debajo de una casa de campo, en el norte, rodeada de tierra y silencio.
Arriba hay campos y caminos; abajo, humedad y espera. La historia siempre empuja hacia abajo a los que ya no sirven.
Siempre los odié. Su manera de pensar y de hablar, esa repetición vacía que llamaban dialéctica. Odié a los comunistas y a los anarquistas no solo por lo que prometían, sino por lo que exigían: destruir primero, construir después, como si una civilización de siglos fuera un estorbo. Como si la tradición, la religión, la cultura fueran una molestia.
Su falta de fe necesitaba épocas como esta. Ruinas, ira, derrumbe. Antes del Duce, la democracia fue apenas una pausa; discutían, fingían escuchar, fingían decidir. Nunca supo mandar ni obedecer.
Ahora veo lo que viene y no será la paz, sino una larga guerra de terror entre imperios sin alma: comunismo y capitalismo, enfrentados durante siglos, administrando la violencia con otros modales. Nosotros caímos antes. No por error. Fuimos un preludio.
Roma no nació de un ágora. No empezó con una ley ni con acuerdos. Brotó de la sangre de un hermano muerto. Rómulo entendió lo que Remo no pudo: no puede haber una gran ciudad mientras alguien cruza el límite y se ríe.
Desde entonces, matar a los propios —por diferencias, por intereses, por ideas— no es un vicio sino un origen.
Remo no fue la inocencia, sino la grieta. La dispersión, la burla, la fisura por donde entra la corrupción del espíritu. Rómulo lo mató porque hacía falta, y yo no me siento culpable por la misma razón. Sin Rómulo solo hay caos y miseria; sin Remo, hay Roma.
Los mitos no se olvidan: explican todo en algún punto. Toda civilización exige un sacrificio, y ese sacrificio casi siempre tiene un nombre cercano. Tal vez por eso no me sorprende que, llegado el momento decisivo, no fueran los judíos quienes apuñalaran a Cristo.
Fuimos nosotros. Fue Longinos. No actuó por odio ni por fe, sino por deber. La lanza no fue un exceso; fue su naturaleza. Fue diligencia, pero también un acto de piedad, que lo llevó a arrepentirse. Quizás fue una hýbris de la que nadie con sangre de esta península logra desprenderse.




Interesante amigo sube mad