PORCENTAJES
Todos Somos Medibles
Quiero creer que esto comenzó, más o menos, cuando el portero eléctrico de mi edificio me dejó afuera. Y creo que, en definitiva, estas fueron las consecuencias de abusar de la inteligencia artificial. Me tocó vivir una época de paranoia como a muchos otros. Ya era exagerada la cantidad de fake news, spam o cuentas fake que la gente generaba para engañar.
Me acuerdo de que hubo un periodista de radio que lo llamó “La Fiebre de los Mimic”, pero obviamente esto fue incluso acusado de ser un término generado por IA. Así que nunca nadie se puso de acuerdo sobre cómo llamarlo, pero no quiere decir que no pasó.
Toda esa época de fakes hizo que gordos compu californianos empezaran a vender detectores de IA. Y las empresas, los políticos y mucha gente que se cansó de que la vieran como boluda compraron esta idea. Empezaron a estar en todas partes. Desde redes sociales y páginas de búsqueda de trabajo hasta en los detectores de precios del supermercado.
Y siempre estaba qué tan IA o qué tan humano era eso que analizaba el detector. Si había sido totalmente generado o si era algo auténticamente humano. Obviamente fue todo un desastre. No podía enviar un CV sin que dudaran si mi nombre era real por culpa de una calle. Yo me llamaba Bastian Bulnes, siempre me llamé así, pero los detectores insistían en que era una broma de spam.
O a veces la cámara del súper pensaba que mi cara no era lo suficientemente humana porque bostecé, hice un gesto que no correspondía a su programación o cuando usaba el lector óptico para verificar precios dudaba de los códigos o de si esos productos existían. Mi laburo de cajero se hacía insufrible.
Y ni hablar si quería escribir algo. No importaba si lo escribía con pluma, tinta y en un pergamino robado a los chinos de la dinastía Ming. Había detectores que insistían en que no era lo suficientemente humano.
Y así hubo certámenes, editoriales, incluso newsletters enteros en los que la gente desconfiaba si era real o si una IA no había tomado conciencia propia para imitar humanos.
La cosa se puso distópica cuando vendieron el aparatito detector de IA. Ahí la gente empezó hasta a dudar si las personas no eran reemplazadas por hologramas hiperrealistas. Ya hasta la convivencia diaria se volvía una enfermedad psiquiátrica: ver si no aparecía tu propio doppelgänger artificial, o alguien fingiendo ser otra persona con máscaras holográficas.
Recuerdo a una vieja que se quedó quince minutos apuntándome con eso, dudando si no me hacía pasar por un cajero falso para quedarme con los pagos de su billetera digital. En un momento fue el colmo. Porque no podía hacer nada, la histeria era colectiva. No podía pasear, escribir ni trabajar tranquilo sin que alguien me molestara.
Dejé de escribir totalmente durante la Fiebre Mimic, y no porque sintiera que las máquinas hubieran ganado o la histeria en sí. Sino porque cada vez que terminaba una historia, antes de preguntarme si en verdad era buena, me preguntaba si alguien iba a creer que la había escrito o hecho yo.
Y fue así que la mañana en la que decidí hacer un parate, llegué al súper y la caja no me abrió la sesión. La pantalla me pedía varias veces una verificación adicional, hasta que tuve que traer al supervisor. Miré la cámara sobre mi cabeza, y la incertidumbre que se metió no tiene palabras para describirse.
Después de tantos años, de tanto tiempo dando por hecho cómo es mi cara, ya no estaba seguro de cómo debo verme. Y saltó ese mensaje que no me olvidé más:
Probabilidad de humanidad: 43%.
Me quedé mirando ese número durante varios segundos junto con mi jefe. Y lo raro no fue que la máquina dudara de mí. Fue que por primera vez empecé a dudar qué tan real era.




Muy buenooo. Qué joyaaa.
Me reí un montón, aunque el final te deja con un vacío existencial tremendo pero necesario.