Lumen de Lumine
Saga Rictus Grin
La tormenta roja cubría las ruinas de la ciudad como una herida abierta sobre el mundo. Antenas dobladas por el calor sobresalían entre catedrales partidas, autopistas hundidas y edificios devorados por arena y óxido. Viejos carteles de neón seguían encendiéndose a intervalos, enfermos de electricidad, iluminando callejones donde los últimos hombres traficaban agua, municiones y carne.
En medio de aquel cadáver de concreto sobrevivía el Oasis.
El último distrito con energía. El último lugar donde todavía nacían niños sin deformidades. El último rincón del mundo donde la gente fingía que el apocalipsis aún no había terminado.
Nadie preguntaba por qué seguía vivo. Porque de noche, cuando el viento callaba, algo respiraba bajo el templo. El Juez llegó al atardecer.
Montaba una motocicleta negra cubierta de polvo y ceniza. El motor rugió por las avenidas vacías mientras cruzaba esqueletos de colectivos incendiados y patrulleros abandonados hacía décadas. Llevaba un abrigo largo moviéndose detrás de él como un sudario, y una enorme zweihander envuelta en vendas negras descansaba sobre su espalda.
No parecía un hombre que perteneciera a aquella época. Parecía algo más viejo. Algo que había sobrevivido demasiadas guerras.
Cuando detuvo la moto frente al Oasis, las conversaciones murieron lentamente. Los mercenarios dejaron de jugar cartas. Las prostitutas cerraron las ventanas. Un predicador apagó su radio portátil cuando reconoció las cicatrices en su rostro.
Todos sabían lo que era. Uno de los eternos.
Los que no podían morir. Los que cruzaban los siglos matándose entre ellos mientras el mundo envejecía alrededor.
Al pie del templo lo esperaba otro.
Cabello largo agitado por el viento caliente. Camisa negra abierta hasta el pecho. Gafas oscuras pese a la tormenta. Dos dao curvas colgaban sobre sus manos con la naturalidad de un verdugo acostumbrado al oficio.
Detrás de él, una cruz de neón parpadeaba sobre las ruinas del santuario.
La lluvia comenzó a caer lentamente.
Agua negra.
—Todavía seguís peleando por esta basura… —dijo el Exiliado mirando la ciudad.
El Juez avanzó entre charcos de aceite.
—Mientras quede gente viva, todavía vale la pena.
El otro sonrió con cansancio.
—Yo vi el final. Estuve en Lagos cuando las fosas comunes llenaron autopistas enteras. Vi Moscú arder durante nueve días. Vi hombres vender a sus hijos por un cargador lleno y una botella de agua limpia. El mundo ya terminó.
Un relámpago rojo abrió las nubes.
Durante un instante el Oasis quedó iluminado como una visión profética: adictos dormidos bajo santos destruidos, niños armados custodiando generadores oxidados, mujeres rezando frente a pantallas que ya no transmitían nada.
La zweihander golpeó el pavimento. El ruido atravesó la ciudad entera.
—Entonces elegiste arrodillarte frente a la oscuridad.
El Exiliado levantó una dao.
—Elegí darle tiempo a esta gente.
Debajo del templo algo rugió. Las luces del Oasis temblaron. Los vidrios vibraron. Y el Juez l entendió la verdad. El Oasis no sobrevivía gracias a sus muros. Ni a sus armas.
Ni a sus generadores. Sobrevivía porque alimentaban a la cosa bajo las ruinas.
Sangre por electricidad. Sangre por agua. Sangre para retrasar otra noche el fin del mundo.
—Ellos me rezan porque los mantengo vivos —dijo el Exiliado.
—No. Te rezan porque tienen miedo.
Entonces las dao atacaron.
Rápidas.
Brillantes.
Mortales.
El Exiliado se movía como fuego entre lluvia y neón. Las hojas curvas silbaban cortando aire, concreto y acero oxidado. El Juez respondió después. La zweihander descendía lenta, monstruosa, imposible de detener. Cada impacto hacía temblar autos abandonados y reventar ventanas en edificios vacíos.
Las espadas sagradas rugían al chocar. No era metal contra metal. Era algo más antiguo. Algo vivo. Una dao atravesó el abdomen del Juez. No salió sangre. Sólo luz.
El Exiliado retrocedió apenas. Las vendas negras de la zweihander comenzaron a moverse solas. Las runas bajo el cuero ardieron azules.
El viento cambió.
—Todavía seguís unido al Juramento…
El Juez Inmortal levantó la espada lentamente mientras la tormenta rugía sobre las ruinas.
—Mientras uno de nosotros siga en pie… la oscuridad no heredará el mundo.
Y atacó. La zweihander cayó como una sentencia divina. Partió las dao. Partió hueso. Partió al Exiliado de hombro a pecho.
El trueno llegó después. El eterno cayó de rodillas mirando la ciudad por última vez. Sus ojos ya no mostraban odio. Sólo cansancio. Y miedo. Porque debajo del templo algo acababa de despertar. La tierra se abrió. Las calles explotaron. Los generadores murieron.
Las aguas del Oasis se volvieron negras.
Miles comenzaron a correr entre incendios y lluvia mientras una sombra imposible emergía desde las profundidades bajo la ciudad. El Exiliado sonrió débilmente mientras moría.
—Ahora… ya no queda nadie que pueda detenerlo.
El Juez arrancó la zweihander del cadáver. La espada ardía como un relámpago entre sus manos. Y avanzó solo hacia la oscuridad que subía desde el corazón del mundo.



