LA ÚLTIMA GRAN BIBLIOTECA
Un cuento distópico sobre un mundo hundido en un nuevo oscurantismo violento, donde leer, escribir y dejar memoria se castiga como un crimen.
En una sola noche tomaron el país. En una semana, el continente. En un mes, el mundo entero. No fue un arrebato de ira ni un accidente: avanzaron de forma metódica, con paciencia y con una violencia calculada.
No declararon la guerra a las naciones ni a los pueblos. No luchaban contra ejércitos ni gobiernos, sino contra algo más frágil, algo que no se puede tocar: la escritura.
Eran fanáticos que habían decidido borrar las letras, la lógica, el arte y la belleza. No buscaban conquistar territorios, sino provocar un reinicio; eliminar todo registro de lo que había sido el mundo, desde lo mejor hasta lo peor, y dejar atrás un vacío al que no pudiera dársele nombre.
Vinieron por mí varios hombres con uniformes negros, de un oscuro profundo como una fosa submarina. Avanzaban sin mirarme, hasta que uno, más alto y con insignias que no supe reconocer, los detuvo con un solo gesto.
En el patio, los libros eran tirados entre gritos, risas y llantos. Los clasificaban y los arrojaban a una pira desmesurada, imposible de entender como algo real. El combustible y los lanzallamas no dejaron nada. Ni papel, ni tinta, ni cenizas.
Me quedé temblando, sentado en mi escritorio, aferrado a él como si fuera un escondite, uno muy inútil. Desde ahí vi cómo empujaban al director por la ventana entre risitas, con la misma crueldad con la que habían tratado a los libros.
—Tranquilo, señor bibliotecario. No vine a detenerlo ni a interrogarlo. Eso ya no sirve en esta nueva era… Vine a ver quién era el último, el último bibliotecario. Dígame una cosa… ¿por qué no intentó correr cuando nos vio?
—Hice este trabajo toda mi vida. No sabría decirle adónde más podría haber ido. Y levantarme del escritorio para correr no iba a cambiar nada. Aunque, si le soy honesto, tampoco esperaba estar conversando con usted esta mañana… ¿señor?
—Dígame Supervisor. Es suficiente. Hoy estoy acá para eso: supervisar la corrección y la redestinación de este establecimiento y de todo lo que contiene.
—Una biblioteca, señor Supervisor. Esto es una biblioteca. Lo que hay acá son libros. Y yo soy bibliotecario.
—Esas palabras fueron y están siendo proscriptas por la Nueva Autoridad Anagrafista a nivel global. No crea que intento corregirlo; solo trato de que entienda dónde está parado. El Anagrafismo es claro en esto: este lugar es un nido de ideas dañinas, tóxicas, responsables de buena parte de la miseria humana.
—Siguen siendo palabras, algo más que mugre y cenizas. Quemarlas no las vuelve inofensivas; las vuelve funcionales a su nuevo orden. Las apartan del problema que representan, es cierto, pero el fuego no las reemplaza. Alguien, en algún momento, llegará a las mismas respuestas por otros caminos. Las ideas, señor supervisor, tienden a cerrarse en círculos cuando se les prohíbe ser pensadas.
—Es un buen punto, señor bibliotecario —dijo el Supervisor. A lo lejos sonaron disparos secos, breves—. Pero si esto se conserva, como lo hicieron otras naciones durante siglos, seguirá gobernándonos desde atrás. Eso que ustedes llaman debate, yo lo llamo erosión.
Un grito tétrico desgarró el aire. Vi cómo arrastraban a mi compañera de trabajo por el suelo, tirándole del pelo, hacia la salida. El Supervisor no se dio vuelta y siguió hablando con total naturalidad.
—La memoria de estos textos nos impide cerrar etapas de la historia. Hay que aceptar que existen ideas que ya cumplieron su daño y no merecen más oportunidades.
—Tal vez —dije, y me sorprendió lo débil que sonó mi voz—. Es cierto que hay ideas que no merecen otra oportunidad. Pero decidirlo nunca fue tarea de una autoridad, sino de la gente ¿Quién es lo bastante sabio como para dictar qué debe borrarse? Eso lo coloca a usted en el mismo lugar que esos autores que creían escribir verdades definitivas. Y es justamente eso lo que me obliga a seguir guardando incluso lo que detesto: quizás no por respeto, sino por desconfianza hacia cualquier verdad demasiado segura de sí misma.
El Supervisor se levantó de la silla sin apuro y caminó hacia una de las estanterías que todavía seguían en pie. Pasó los dedos por los lomos, eligió algunos volúmenes y los apoyó sobre la mesa, uno al lado del otro, con un orden casi cuidadoso.
—Mire —dijo—. Acá tiene tratados políticos que justificaron purgas, manifiestos que convirtieron el odio en sistema, libros que enseñaron a clasificar personas como si fueran objetos. Textos sagrados usados para legitimar masacres contra quienes creían en otras cosas. Ensayos que llamaron progreso a la explotación. Todo esto fue leído, discutido, conservado… y aun así produjo exactamente lo que ve afuera.
No alzó la voz. Citaba de memoria, sin orgullo alguno.
— Cada uno de estos libros tuvo su defensor. Siempre hay uno.
Observé la pila unos segundos y luego señalé los estantes del fondo.
— ¿Y esos? Manuales de matemática, tratados de física, catálogos de pintura, estudios de anatomía. ¿También son nocivos para su nueva era? ¿También merecen arder con el resto?
El Supervisor se tomó un momento antes de responder. Volvió a la estantería y sacó al azar un libro de geometría, uno de mecánica clásica y un volumen de reproducciones pictóricas de historia del arte. Los sostuvo en la mano como si pesaran más de lo esperado.
—Ahí está la raíz del problema. No en el contenido, sino en el soporte. El lenguaje escrito. La obsesión por fijar una idea, dejarla inmóvil, permitir que alguien más la lea años después y la interprete fuera de contexto, alterando su sentido, sin la responsabilidad que exige pensar bien.
Caminó un trecho más y dejó los libros sobre la mesa.
—Una fórmula puede ser neutra hoy y servir para matar mañana. Una imagen puede ser belleza para uno y un dogma para otro. El problema no es qué dicen, sino que sigan diciendo algo cuando ya nadie puede responderles. El problema siempre fue el lenguaje escrito, y su interpretación.
— ¿Y la solución es destruir todo? ¿El oscurantismo, por miedo a lo escrito? ¿Miedo al lector, miedo al libro y al escritor?
—No señor bibliotecario. La oralidad. La idea dicha en voz alta, frente a otros, en tiempo real. Sin archivo. Sin herencia tóxica. La nueva autoridad global ya lo tiene previsto: comunidades pequeñas, transmisión directa, corrección inmediata... si una idea es dañina, muere con quien la dice.
—Eso no elimina el error —contesté—. Solo lo vuelve invisible.
—Lo vuelve controlable. No más imágenes, no más textos, no más símbolos que se reproduzcan solos. Solo ideas sanas, dichas en voz alta, sostenidas por quienes se hagan cargo de pronunciarlas.
—Usted quiere un mundo sin bibliotecas.
—Quiero un mundo que no necesite testigos muertos para justificarse —respondió el Supervisor.
El Supervisor se alejó. Cerró uno de los libros que había quedado abierto y devolvió el resto a la pila, con cuidado. No parecía apurado en lo absoluto.
—Tiene mi total permiso para retirarse—dijo—. Nadie va a impedírselo. Este lugar dejará de existir en unos minutos.
Hizo una seña mínima a los hombres de negro y caminó hacia la salida sin mirar atrás. Las botas se alejaron por el pasillo, como si ya no le pertenecieran al edificio.
Me quedé solo.
El calor empezó a filtrarse desde el patio, primero como un aire espeso, después como una dificultad para respirar. Las estanterías crujían, vacías, con un sonido seco, casi doméstico. No había alarma, ni cuenta regresiva. Solo el fin, avanzando.
Me levanté del escritorio. Pensé en cruzar la puerta. Sabía cómo hacerlo. Y todavía podía hacerlo. Pero afuera no había nada; en esta realidad analfabeta de odio, ya no quedaba nada para amar.
Volví a sentarme. Apoyé las manos sobre la madera marcada por años de uso, como si ese gesto todavía significara algo. Cuando el humo entró en la sala, no tosí.
Cerré los ojos.



