La Medianera
Después de cierta hora, el sonido de una moneda puede significar otra cosa
Cada tres meses tenía que ir solo a ocuparme de la casa de mi tía, en paz descanse, viajando horas hacia un pueblo perdido por la zona de los Siete Lagos, cerca del lago Kessler. Al principio lo hacía con cierta responsabilidad, pero con el tiempo se volvió una carga. La inmobiliaria siempre tenía una excusa distinta: que no había compradores, que la ubicación no ayudaba, que había que bajar el precio. Yo decía que sí a todo, más por cansancio que por acuerdo, pero con mi esposa sabíamos que tampoco íbamos a regalarla.
Las cosas se complicaron cuando Dardo, el jardinero, murió antes del invierno. Las hijas decían que fue del corazón. Puede ser. El tema es que nadie conocía el terreno como él, y sin mantenimiento el jardín empezó a desbordarse. Fue en una de esas vueltas medio improvisadas que vi el pozo por primera vez, pegado a la medianera con la casa vecina. No lo recordaba de antes. Era chico, pero lo bastante profundo como para que no se viera el fondo. La tierra alrededor estaba floja, húmeda, como si se hubiera abierto hacía poco.
Pensé que era un hundimiento y que iba a tener que arreglarlo.
La segunda noche escuché un ruido que no encajaba con nada de la casa: un tintinear seco, como algo metálico girando. Salí al pasillo y ahí estaba. Era una moneda vieja, rara, con dibujos gastados que no llegaba a entender. La levanté, la miré un poco y la dejé en la mesa de la cocina, sin darle demasiada importancia.
A la mañana siguiente ya no estaba. La encontré afuera, apoyada en el borde del pozo. No me gustó nada. Así que la tiré adentro sin pensarlo. Escuché cómo caía, pero no hubo golpe final, ni eco, nada.
Esa misma noche el ruido volvió, y la moneda también.
Esta vez no la toqué. Cerré la puerta del cuarto con llave y me quedé escuchando cómo el sonido se movía por la casa, despacio, como si alguien la hiciera rodar de una sala a otra. No dormí casi nada. Al otro día fui a hablar con el vecino, más por necesidad que por otra cosa.
Me atendió un tipo alto, muy pálido, con una cara difícil de leer. Cuando le mencioné el pozo, me dijo: “Siempre estuvo ahí”. Después agregó: “No se agranda ni se hunde, llama”. Le pregunté: “¿Llama la atención?”. Me miró un segundo, negó despacio y dijo: “No…solo llama”, como si fuera lo más normal del mundo.
Cuando le hablé de la moneda, cambió apenas la expresión.
—No la tires —me dijo—. Siempre vuelve.
Y después, como si nada:
—Si vuelve, es porque no terminó.
No le pregunté qué significaba eso, me pareció un chiflado de pueblo. O alguien gastando una broma a los de ciudad, así que preferí irme.
Esa noche el sonido volvió, pero distinto, ya no perdido sino como si supiera adónde ir. Empezó en la medianera y fue avanzando despacio hasta quedarse del otro lado de mi puerta. La moneda giraba, frenaba y volvía a girar, cada vez más cerca. En un momento golpeó el parquet: tres veces seguidas, secas, medidas, como si alguien estuviera esperando que yo hiciera algo. Después quedó todo en silencio. Entonces el picaporte de la puerta de entrada se movió apenas, lo justo para que no pudiera ser el viento.
Esperé hasta que amaneciera.
Cuando abrí, la moneda estaba en el piso, quieta. Pero había algo más: unas marcas en el suelo, como si algo pesado se hubiera arrastrado. Seguí el rastro con la vista y vi que nacía en la medianera, donde la humedad no era normal, concentrada en un solo punto.
Del otro lado, en la pared interna, el empapelado estaba hinchado, como si algo empujara desde adentro. Después empezó a abrirse. Primero una grieta fina, después algo más profundo. El sonido no era seco, era húmedo, blando. Retrocedí justo cuando algo asomó desde ahí: una mano demasiado larga, de piel oscura y lustrosa. Se movía despacio, pero con intención. No parecía estar buscando salida, sino un camino.
Apareció otra. Después otra más. Miré hacia afuera casi sin querer, y lo vi al vecino, parado junto al pozo, mirándome fijo. Levantó la mano y dejó caer algo adentro.
El tintinear se multiplicó de golpe, como si viniera de todos lados. Cuando volví a mirar el piso, la moneda ya no estaba. No me quedé a averiguar más. Salí de la casa y me fui como pude. No volví.
La casa sigue en venta. La inmobiliaria insiste con que es una oportunidad, que el terreno, que la vista, lo de siempre. Yo ya no discuto. Porque a veces, incluso ahora, en mi departamento, escucho ese mismo ruido. Suave, metálico.
Y cuando voy a ver, siempre hay una moneda donde no debería haber nada.




Cómo vas a tirar la moneda!! Una moneda por noche, al cabo de unos años te juntás un bille. 😁
Esta bueno, garpa
¡Un cuento de terror sorprendente!