Doxeado
Círculo de Ensayos
Esta es la historia de una de las personas más desconocidas y maltratadas por internet que existieron en la historia moderna de mi país.
El mayor caso de cyberbulling desconocido en Argentina.
Me la contó un gran amigo de la facultad. Estábamos una tarde hablando de casos de bullying, de esos que uno lee en Twitter o ve en TikTok y después olvida, y él me dijo: ¿Vos sabés quién fue Fabián Belizán?
Yo no tenía idea.
Lo que me contó después fue tan absurdo, cruel y triste que, por momentos, pensé que me estaba mintiendo.
Fabián Belizán fue youtuber por un tiempo corto, después de haber tenido un canal de anime medianamente conocido en Taringa. Era un pibe callado, tímido, que hablaba bajito —casi con una voz fina— y tartamudeaba cuando se ponía nervioso.
Subía videos donde reflexionaba sobre filosofía, anime y temas generales, siempre con una máscara de Spider-Man roja y azul. Lo hacía porque se sentía muy feo físicamente.
Su canal se llamaba Virguero77, y muchas veces, entre risas nerviosas, hablaba de su virginidad, de no haber tenido nunca relaciones con nadie —ni mujeres ni hombres—. Algunos decían que era bisexual, otros que no sabía qué era. Pero todos lo juzgaban igual.
En sus videos mezclaba ideas de Aristóteles con confesiones personales. Decía que algunos “nacen así”, que no todos vienen al mundo para ser amados ni admirados, que hay quienes cargan con una vergüenza que no eligieron.
Era su manera torpe de filosofar, de buscar un sentido a esa exclusión.
Fabián cargaba con un historial de humillaciones desde chico: por ser gordo, por su voz fina, por no gustarle el fútbol, por ser retraído. Lo trataban de “raro”, de “puto”, de “pajero”, de “inútil”, de “pobre”.
Creció aprendiendo que ocupar poco espacio era una forma de sobrevivir, y terminó creyéndolo. Terminó creyendo lo que decían de él.
Intentó estudiar Medicina y después Filosofía, pero no aguantó. Se sentía menos que los demás, como un error de fábrica. Vivía con su mamá, Delia, una mujer dura, de esas que creen que el maltrato educa.
Lo reprendía por todo: por dormir tarde, por no conseguir trabajo, por hacer videítos, por estudiar y no recibirse. Él hacía changas, trabajos sueltos en el oeste del conurbano, apenas para ayudar un poco.
Su padre, ausente como un fantasma, nunca estuvo para sostenerlo.
Cuando lo echaban de la casa, dormía en lo de alguna abuela o en una pensión.
Durante la pandemia, su madre murió, y con ella se fue la última persona que todavía lo nombraba en voz alta.
Después de eso, desapareció de internet. O eso creímos.
Años más tarde, su nombre volvió a circular. En foros como Devox empezaron a aparecer materiales privados suyos (pornográficos), filtrados sin su consentimiento. Lo que siguió fue una de esas pesadillas modernas donde la crueldad se disfraza de entretenimiento.
Los archivos se viralizaron rápido. Algunos decían que provenían de una relación que había tenido con una youtuber uruguaya llamada Bakano.
Otros aseguraban que todo fue un engaño: que lo manipularon desde un perfil falso, que lo usaron emocionalmente, que lo destruyeron desde adentro.
Nunca se supo la verdad de quién o quiénes fueron .
Lo que sí se supo es que, después de eso, un grupo de usuarios se organizó para acosarlo. Se hacían llamar “Los Gozadores.” No eran muchos —dicen que no llegaban a quince—, pero su odio era metódico.
Lo convirtieron en una especie de experimento: ver cuánto podía soportar un ser humano antes de romperse. Le arruinaron la vida desde la pantalla. Descubrieron su nombre real, su dirección, su barrio. Lo redujeron a un chiste de internet.
El nombre “Los Gozadores” venía de frases que él decía en esos videos. Las usaron para bautizar su propio ritual de humillación. Se apropiaron de su lenguaje, de su forma de hablar, y la transformaron en burla, en tortura colectiva.
Le mandaban miles de solicitudes falsas en redes. Registraban su casa como comedor comunitario, como albergue transitorio. Publicaban anuncios donde él supuestamente vendía cosas, ofrecía servicios o pedía ayuda. Hicieron un mapa de counter strike. Le dejaban bananas en la ventana. Llamaron un albañil que le rompió toda la vereda.
Adulteraban sus fotos y su voz para hacer bromas telefónicas, o creaban personajes como “El Malevo de Morón”, una caricatura grotesca con su cara.
También inventaron perfiles falsos en Facebook, Instagram, Twitter, incluso en LinkedIn.
Le armaron currículums falsos, páginas personales donde lo retrataban como un enfermo mental, un delincuente, un loco, un degenerado. A veces, usaban sus datos para provocarle peleas con desconocidos, para que lo golpearan si lo cruzaban por la calle.
En otras ocasiones, enviaban ese material alterado a sus familiares, a sus jefes, a los vecinos, a cualquiera que tuviera algún tipo de vínculo con él, con tal de perjudicarlo. Lo destruyeron en cámara lenta. Con constancia. Con precisión. Entre muchas otras cosas interminables para contarles.
Y lo peor no fue el escarnio público, sino el silencio. Nadie lo defendió. Nadie le creyó. En una época de luchas sociales, en la que todos gritan en las redes, su voz se volvió un ruido de fondo. Apenas oíble.
Fabián Belizán pasó de ser Virguero77… a ser un cadáver digital: una identidad usada, vaciada y exhibida como trofeo a la crueldad.
Uno pensaría que, después de haber sido maltratado toda su vida, Fabián habría tomado una decisión extrema. Que en algún momento habría dicho “¡BASTA!” y desaparecido del mapa.
Yo creí que vendería la casa, que se mudaría a otra provincia, que se cambiaría el nombre y empezaría de cero. Mi amigo, más pesimista, pensó que ya se había quitado la vida.
Y sinceramente, hubo momentos en que también lo pensé. Pero Fabián no hizo ninguna de esas cosas. No se fue. No se escondió.
Permaneció, aguantando todo.
Y de una forma que sólo puede describirse como estoica. Después de que le arrancaran la dignidad, la identidad y la paz, en algún punto decidió levantarse del barro.
Consiguió trabajo. Nada espectacular, nada que cambiara el mundo, pero era suyo. Le dio un propósito, un motivo para seguir; un respiro entre tanta ruina. De a poco fue recuperando el ritmo, el sentido… algo que se parecía a la vida.
Bajó de peso, no por moda ni por vanidad, sino como si cada kilo que se iba fuera una parte del dolor que lo había marcado. Empezó a entrenar. Solo, callado, con el cuerpo cansado y la mente en ruinas, repitiendo cada día el mismo gesto: resistir. Cada flexión, cada paso, era una forma muda de decir…todavía estoy acá, soy una persona.
Y, contra todo pronóstico, volvió a confiar. De a poco, fue soltando el miedo y animándose a mirar a alguien a los ojos sin bajar la cabeza. Con el tiempo conoció a alguien que lo entendió, que se quedó, y así tuvo su primera novia. Algo simple, pero enorme después de todo lo que había pasado.
No fue una historia de película. No hubo redenciones gloriosas ni música de fondo. Nadie lo felicitó, nadie lo abrazó, nadie le dijo que estaba orgulloso de él. Su transformación fue callada, invisible, como todo lo que había hecho en su vida. Paso a paso. Día por día. Sin que nadie supiera.
Y ahí está lo más admirable: no porque haya vencido al mal de los hombres, sino porque eligió no volverse parte de él. En un mundo que lo trató como basura, eligió seguir siendo un ser humano.
A veces me gusta pensar que su fe —aunque no la nombrara— estaba ahí, latiendo en lo invisible. Esa fe que no necesita templos ni rezos largos, sino sólo un poco de amor cuando todo lo demás se perdió.
Cristo decía: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.” Quizás Fabián, con su silencio, con su forma torpe de seguir viviendo, fue uno de esos mansos. Uno de los que cargan una cruz pesada, sin pedir testigos.
Y pienso que, si hay justicia, si de verdad hay un Dios que ve lo que nadie ve, entonces Fabián ya fue recompensado. No con fama, ni con éxito, sino con la paz simple de poder mirarse al espejo y saber que sobrevivió al infierno sin volverse un monstruo.











La gente debe estar muy desocupada como para dedicarse a joder la vida de alguien más. Es triste cómo la crueldad puede juntar a gente miserable.
Me encantó el final, super linda tu reflexión.
Has redimido a Fabián de su martirio. Gracias por hacer justicia