À BAS LA RÉPUBLIQUE
Círculo de Ensayos
«La patria, amigos, es un acto perpetuo», escribió Borges.
Hay una costumbre que tenemos todos. Mirar para atrás y pensar que la historia fue una larga cadena de errores que, por suerte, terminó en nosotros. Los buenos. Los correctos. Los que por fin entendieron cómo tienen que ser las cosas. Como si la historia hubiera sido una escalera y justo nos hubiera tocado vivir en el último escalón.
Cada época tuvo su propio relato. Ayer fueron los reyes, los imperios y la Iglesia; hoy son la democracia, el progreso y la libertad. Todos dicen haber encontrado la mejor forma de organizar la sociedad y nuestras vidas. Todos creen estar un paso adelante de los que vinieron antes.
Pero los hechos siguen ahí. Nuestros antepasados no fueron menos humanos por haber vivido bajo otras instituciones, como tampoco nosotros somos necesariamente más inteligentes por vivir bajo las nuestras. Quizás solo nos tocó crecer con otra propaganda.
Lo curioso es que casi todas las generaciones pensaron lo mismo. Creyeron estar viviendo el comienzo de una nueva era. Pensaron que, ahora sí, habían encontrado el sistema definitivo. Ninguna imaginó que algún día también sería vista como una reliquia.
Y eso me lleva a otra pregunta.
Si uno mira la historia completa, la democracia representativa, la república y muchos de los derechos que hoy damos por sentados existen desde hace apenas unos siglos. Comparados con los miles de años de reinos, imperios y ciudades-estado, no dejan de ser algo bastante nuevo.
¿Y si esto también fuera una etapa? ¿Y si dentro de quinientos años la democracia se estudiara como hoy estudiamos las monarquías absolutas? No porque haya sido un fracaso, sino porque simplemente apareció otra forma de organizar sociedades que todavía ni imaginamos.
Lo cierto es que todas las épocas tuvieron cosas buenas y cosas malas. Ninguna fue el infierno que muchas veces nos cuentan, pero tampoco el paraíso que sus contemporáneos creían estar construyendo.
Aun así, gran parte de la propaganda que comemos todos los días necesita convencernos de que vivimos en la mejor época de la historia. Porque cuando uno cree que ya alcanzó la cima, deja de mirar para los costados. Deja de reclamar. Deja de hacerse preguntas. Total, ya resolvimos todo. Hay elecciones. Derechos civiles. Gays que se casan. Mujeres que votan. Internet. Comida por delivery ¿Qué más querés? Aplaudí. Sonreí. Apagá la luz. Ganaste. El partido ya terminó.
Entonces, ¿qué son realmente las naciones? ¿Qué es una patria? ¿Qué es una civilización? Si, como decía Borges, la patria es un acto perpetuo, ese acto cambia todo el tiempo. Cambian las leyes. Cambian las fronteras. Cambia el idioma. Cambian las costumbres. Cambia hasta la forma en que un pueblo cuenta su propia historia.
¿Es menos francés alguien que nació bajo el Antiguo Régimen? ¿Es más ruso quien vivió en la Unión Soviética? ¿Es más alemán quien nació después de la unificación? ¿Es más argentino quien nació en democracia? Creo que todos responderíamos que no. Entonces, ¿por qué solemos juzgar a las personas por el sistema político que les tocó vivir? Nadie elige el siglo en el que nace.
A veces también me pregunto cómo llegamos hasta acá. Quizás el problema sea que discutimos demasiado sobre sistemas políticos y muy poco sobre qué significa ser humano.
Nuestra especie existe desde hace unos 300.000 años. Y si contamos toda la evolución, estamos hablando de millones de años. En cambio, la historia escrita ocupa apenas un pedacito de todo ese tiempo. Durante cientos de miles de años vivimos de otra manera. Con otros ritmos, otros problemas y otras prioridades. Sobrevivimos a glaciaciones, a inviernos volcánicos y estuvimos al borde de desaparecer más de una vez.
Todo eso nos fue moldeando. Nuestro cuerpo, nuestro cerebro y hasta la forma en que nos relacionamos con los demás son el resultado de esa historia larguísima. Entonces me pregunto otra vez: ¿soy menos humano por vivir en una sociedad tan compleja, tan tecnológica y tan distinta de aquella para la que evolucionamos?
A veces siento que nos reinventamos tantas veces que terminamos peleándonos con nuestra propia naturaleza. Vivimos tratando de corregir nuestros impulsos, de dominar nuestros límites biológicos y de convertirnos en algo distinto de lo que somos. Y en ese camino de rechazar nuestro lado animal, quizás dejamos de lado una parte igual de importante: la espiritual.
Hay algo, sin embargo, que nunca cambió demasiado.
Cada vez que los seres humanos vivimos en comunidad aparece la misma pregunta: ¿qué es mío y qué es tuyo? ¿Qué le pertenece a una persona y qué le pertenece al grupo? Los sistemas políticos no hacen más que llevar esa discusión un poco más lejos. Ya no hablan solo de la tierra, de la plata o de los recursos. También discuten quién forma nuestras ideas, nuestros valores y nuestra forma de mirar el mundo.
Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más importante que cualquier discusión entre izquierda y derecha ¿A quién le conviene que pertenezcan nuestras ideas? ¿Al Estado? ¿Al mercado? ¿A una religión? ¿A una comunidad? ¿O deberían pertenecer solamente a quien las piensa?
Yo creo que pertenecen a esa parte animal que todavía nos queda. Al instinto. Al espíritu. A esa naturaleza con la que nacemos, aunque hoy se repita que somos una hoja en blanco y que todo se aprende. Todo esto que intento explicar, como puedo, representa esa parte humana que no fue diseñada por ningún sistema político, ninguna ideología ni ningún algoritmo. La parte que sigue siendo nuestra, aunque vivamos rodeados de cosas artificiales.
Por eso creo que, de vez en cuando, todos necesitamos una microdosis de salvajismo. Salir. Sentir el sol en la cara. Caminar. Correr. Ensuciarnos las manos. Andar descalzos o, si nadie nos ve, hasta desnudos. Hacer un fuego y cocinar con leña. Mandar a la mierda, aunque sea por un rato, la comida ultraprocesada. Recordarnos que, antes de ser ciudadanos, consumidores o votantes, fuimos simplemente animales tratando de sobrevivir.
À BAS LA RÉPUBLIQUE representa justamente eso. No es un llamado a tirar abajo las repúblicas ni una defensa de las monarquías. Es una invitación a salir, aunque sea por un rato, del relato de nuestra época. A dejar de creer que, por una casualidad increíble, justo a nosotros nos tocó vivir en la versión definitiva de la humanidad.
Así es como entiendo que es la patria de la que hablaba Borges. No una bandera. No una forma de gobierno. Sino esa parte de nosotros que sobrevive a todas las épocas. Es bajar un poco el volumen del presente. Del ruido hipertecnológico de las repúblicas democráticas capitalistas en las que la mayoría vivimos. Y preguntarnos si, en el fondo, somos tan distintos de los que estuvieron antes.
Si debajo de las banderas, las ideas, las constituciones y toda la ingeniería social que fuimos inventando, no sigue estando el mismo ser humano que hace miles de años se calentaba alrededor de un fuego, cazaba, se enamoraba, tenía miedo y miraba el mismo cielo que nosotros.



Hace mucho que no te leía, hombre. Interesante concepto, quizá sería más escandaloso decir *¡ABAJO LA DEMOCRACIA!*, yo sinceramente creo que ya pasó de moda y ya pasó su tiempo. Y China con su **lo-que-sea-que-sea-eso** se está convirtiendo en un monstruo en todos los ámbitos, tanto que el mundo está en negación. (Viva China, Mao en mi corazón.)
Y tienes razón respecto a la esencia del ser humano. A fin de cuentas, es verdad que somos **grandes simios africanos** según la ciencia, ese es el grupo al que pertenece nuestra especie. Y tenemos mucho en común con ellos, pero no somos exactamente chimpancés. Yo tengo la teoría de que somos simios genéticamente modificados por extraterrestres para servirles de mano de obra, eso explicaría muchas cosas, como el desfase evolutivo del hombre respecto a otras especies de homínidos o el sincretismo mitológico o las construcciones megalíticas imposibles, digo, no lo sé. Mausán no me inspira confianza.
Yo siempre he pensado que aquello que realmente soy es eso que me diferencia del resto, y que tengo una vida que solo yo puedo vivir. Así como al ser humano lo define aquello que lo hace diferente de otros homínidos.
Es decir, sí, soy un mamífero, sí, soy un ser humano de entre ocho mil millones, pero nadie es yo más que yo. Soy más que un ciudadano de tal lugar con tal legislación, soy más que mi época y mi lugar de nacimiento.
No sé, todos tenemos un no sé qué, que qué sé yo, que nos hace diferentes desde siempre, desde que nacemos. Yo le llamo "naturaleza" en un sentido personal, soy naturalmente de tal manera y busco desarrollar eso que soy, igual que un pez busca nadar. Y si logro eso y después me muero pues al menos fui quien soy e hice lo que quise hacer jaja.